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L a P e d r @ d a

Las duras lecciones del capitalismo

Jon Hillson Los Ángeles

Las huelgas de los 70 000 trabajadores de los supermercados del sur de California y de los 75 mineros de carbón en el pueblito de Huntington, UTA, ofrecen una imagen clara de la determinación que tienen los sindicalistas para resistir los ataques frontales de la clase patronal.

El tercer ciclo de negociaciones entre la dirigencia del sindicato de la industria alimentaria UFCW y los dueños de Vons, Pavillions, Ralphs y Albertsons terminó el 8 de diciembre después de ocho días de pláticas sin resolver nada. La huelga comenzó contra Vons y Pavillions el 10 de octubre seguido por cierres patronales impuestos por Ralphs y Albertsons. Las ganancias de esas cadenas aumentaron 91 por ciento en los últimos cinco años. Ellas son partes de monopolios más grandes con ventas de $121 mil millones en el 2002.

Como dicen los huelguistas, «tienen bolsillos profundos»—recursos financieros para aguantar una huelga larga y amarga. La huelga es ahora la más larga en la historia del UFCW. Con razón. Los patrones tratan de forzar los trabajadores a asumir el costo del plan beneficios médicos calculado por el sindicato en casi un billón anual. Además, los dueños quieren imponer una congelación salarial para los empleados actuales y una escala salarial permanente más baja para los nuevos.

«Quieren romper nuestro sindicato», dice una huelguista frente a Vons. «Quieren una libra de nuestra carne». Por lo menos.

El presidente de Local 770 expresó su decepción sobre las negociaciones. Había ofrecido concesiones salariales para los nuevos empleados y por primera vez, recortes en el plan de salud, una «propuesta significativa que no fue bastante buena para ellos», dijo Ricardo Icaza. «La huelga irá y durará hasta después de la navidad».

El enfrentamiento refleja varias crisis económicas, sociales y políticas en EE. UU.:

· la de la «recuperación sin empleos» y la pérdida de más de dos millones de trabajos desde el «repunte» en marzo de 2002.

· la de la salud, el hecho de que no existe un plan médico nacional; que hay una inflación galopante en el precio de medicina debido a las prácticas de los monopolios farmacéuticos; y que hay 44 millones sin seguro médico de cualquier tipo.

· la del decline relativo e histórico del nivel de ganancia —factor inevitable y ley ciega del capitalismo— que impulsa la intensificación de competencia entre bloques de capital en casa y en el mundo y acelera ataques inexorables contra las clases obreras del planeta.

· la de liderazgo de la clase obrera estadounidense, cuyas instituciones básicas, los sindicatos, organizan solamente a 13,2 por ciento del pueblo trabajador del país entero.

La clase patronal despliega todos sus recursos en la guerra en casa contra los trabajadores —su gobierno, sus partidos gemelos, sus leyes, su prensa— para imponer su voluntad. A pesar de tales inmensas presiones, cientos de miles de personas —trabajadores, secciones de la clase media, jóvenes— han honrado y observado los piquetes por meses.

Algunas actividades comunitarias y estudiantiles han movilizado a varios miles de personas en solidaridad —1 500 el 29 de noviembre en Fullerton. El mismo día, 100 personas, la mayoría de los estudiantes de UCLA, marcharon más de dos millas desde sus campos hasta un supermercado Vons. El 5 de diciembre 500 sindicalistas, en su mayoría miembros de los dos sindicatos de actores del cine y de televisión y el teatro, SAG y AFTRA; el 24 de noviembre organizaron el UFCW piquetes de 24 horas el día frente a 10 centros de distribución de alimentación y bienes que sirven todas de las 859 tiendas afectadas en el sur de California. Hoy, 8 000 miembros del sindicato Teamsters respetan las líneas de los huelguistas.

Pero los patrones han empleado esquiroles como choferes para manejar los camiones y trabajar en los almacenes masivos.

El 17 de noviembre, los 2 800 mecánicos sindicalizados en el ATU votaron por terminar su huelga de 35 días sin resolver el asunto clave del pleito, control del fondo del plan médico para los trabajadores. La huelga había cerrado el tercer sistema más grande de transportación pública en el país, con el apoyo de miles de conductores de autobuses sindicalizado en el UTU.

Los mecánicos recibirán un aumento salarial de siete por ciento en un contrato de cuatro años. Un comité de arbitraje formulará una propuesta sobre beneficios médicos en seis meses, pero la clase dominante ya ha decidido—a través sus voceros y representantes— que los obreros aceptarán la «solución» del comité. Aproximadamente 50 por ciento de los afiliados participaron en el voto sobre el contrato, 85 por ciento a favor. Mientras tanto, los miembros del UTU trabajan sin un contrato.

El 6 de diciembre anunció Albertson’s —la cadena de supermercados más pequeña en la combinación patronal— que entre el 11 de octubre y el 30 de este mes sufrió una pérdida del 50 por ciento de su ingreso correspondiente al trimestre previo, $132 millones. Basado en esta cifra, se puede estimar que la cantidad ahora estará a $384 millones o más dado que la semana del Día de Acción de Gracias es normalmente de muchas compras. Kroger —dueño de Ralphs— anunció que las ventas bajaron hasta el 57 por ciento. Los Ángeles Times estimó que las pérdidas de Ralphs debido a la huelga podrían alcanzar una cantidad más grande que las de Albertson’s, lo mismo pasaría con Vons y Pavillons, hasta alcanzar una cifra total de más de mil millones de dólares.

Steven Burd, el jefe de Safeway —dueño de Vons y Pavillons— dijo en septiembre que las acciones tomadas por los patrones contra el sindicato son «una inversión en nuestro futuro».

Mientras tanto, 75 mineros de carbón en Utah han estado luchando contra los dueños del la mina Co-Op con sus piquetes desde el 22 de septiembre. Este es otro ángulo de la lucha de clases, una huelga en una región remota, con una base que consiste en su mayor parte de inmigrantes de México. Es una lucha para organizar un local del sindicato nacional de mineros, el UMWA. Los patrones son miembros de una reaccionaria familia multimillonaria.

Los patrones de Co-Op botaron a 74 mineros —«miembros» de un pseudosindicato mantenido por la compañía— después de protestas contra el despido de un militante. Desde entonces los mineros —quienes ganan un salario entre $5.25 hasta $7 dólares cada hora, sin beneficios— han estado organizando una campaña para divulgar la verdad sobre su lucha y ganar solidaridad, en primer lugar en UTA, y ahora, en el país. Un minero de carbón organizado en el UMWA gana aproximadamente $20 cada hora, con beneficios.

Su lucha combina dos puntos claves —la necesidad de sindicalizarse y de defender los derechos de los inmigrantes— contra condiciones verdaderamente brutales en el trabajo más peligroso en el país. También luchan los mineros por beneficios de salud.

«Esta lucha puede convertirse en una causa para todo el movimiento obrero», comentó un editorial en Perspectiva Mundial del mes de noviembre.

«El desenlace de esta lucha tendrá importantes repercusiones tanto para el sindicato minero UMWA en el oeste —y en el este [donde están la absoluta mayoría de su membresía] — como para los patrones del carbón», señaló el mensual socialista. «Si gana la compañía, los patrones aprovecharán su victoria al máximo para tratar de asestarle golpes al sindicato en esta región. Si los trabajadores logran recuperar sus empleos y el reconocimiento, se abriría una vía a la renovación del sindicato minero UMWA».

Dado la rica historia de lucha del UMWA, esto sería un avance por la renovación del movimiento sindical nacional. Ya han comenzado a ganar publicidad y solidaridad amplia en Utah los militantes de Huntington —de mineros sindicalizados, otros obreros, estudiantes, pequeños comerciantes y otros— y poco a poco ganan apoyo fuera del estado.

Debido a las presiones capitalistas contra la clase obrera, las debilidades y dificultades que enfrentan los sindicatos y la escala de los ataques, cualquier victoria de los trabajadores puede dar un ejemplo a la base.

Cientos de miles de obreros, como el blanco de la ofensiva patronal, han estado afectados. Han sufrido las consecuencias, usualmente en silencio. Usando diferentes palabras o frases —«reestructuración industrial», «austeridad» o «competitividad»— la meta de la clase patronal en casa es invertir el decline de su índice de ganancia. Buscan reducir radicalmente los salarios, beneficios y derechos conquistados durante generaciones de lucha del pueblo trabajador. Este es el inevitable contexto de luchas grandes que avecina.

Hace días, anunció la prensa capitalista que la «economía» —es decir, el capitalismo— alcanzó este año un incremento de «productividad» de 9,1 por ciento. Una cifra fantástica —para ellos— porque se logró sin un incremento real de la fuerza laboral. Significa que menos de nosotros trabajamos más horas, por menos dinero y menos beneficios.

Significa que el lado patronal ha avanzado en la guerra de clases. Y hay heridos. Solamente en octubre, según un artículo por Austan Goolsbee en The New York Times el 30 de noviembre, «200 000 personas solicitaron beneficios por incapacidad, un 20 por ciento más que el mes previo, igual al nivel más alto que nunca». La clase obrera paga el precio del aumento de productividad con sus músculos, sus brazos, piernas, sus huesos rotos y sus dedos aplastados.

La gente que recibe tales beneficios por discapacidad —cada día más precarios— no cuenta en las cifras de desempleo, hoy el nivel oficial es nueve millones. Tampoco cuentan a los indocumentados —diez o más millones de hombres, mujeres y niños.

Restan también a los trabajadores «desanimados» que ya no buscan trabajo.

Y cuentan como «empleados» que trabajan «tiempo parcial», cuentan a los trabajadores «temporales», como los miles de esquiroles en el sur de California o los quien sabe cuántos miles más que no tienen trabajo fijo, pero se declaran estar trabajando por «cuenta propia», en el creciente sector informal del norte.

Entonces, cada lucha de los obreros —en grandes cantidades de huelguistas como en California, o números modestos, como en Utah— tiene su importantísimo propio peso. Son las primeras filas de resistencia a una crisis que no se ha visto nunca en EE. UU. desde los años 30.

Pero ya ha llegado y no va a desaparecer. Hay que entender la crisis para vencerla.

Esta es la lección que se aprende en los piquetes bajo el sol y frente a los supermercados en el sur de California y en el frío de Huntington, UTA, frente a la mina Co-Op, en beneficio del pueblo trabajador que despierta en la yuma.
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